martes, 4 de mayo de 2010

LOS CLAVOS, algo en que pensar


El padre sostenía una sartén llena de migas, las mecía con delicadeza. El hijo gritaba con desconsideración, desafiante... Y el padre le dijo; "Hijo mío, que vamos hacer contigo, tienes que controlar ese carácter, así no llegarás muy lejos... Te propongo una cosa hijo mío." El hijo, con actitud inquietante, le contestó: "Papa vivo enfadado continuamente con el mundo, no lo puedo remediar." El padre le propuso lo siguiente: "Mira, hijo, cada vez que sientas ira hacia alguien clava un clavo en la puerta, así, por cada clavo que claves en tu puerta, te sentirás mejor, y poco a poco tu ira, podrá ir desapareciendo." El hijo aceptó.

Pasaron los días y cada vez que el hijo sentía ira por alguien o contra alguien, clavaba un clavo en la puerta, pasaron los días, las semanas e incluso los meses. Al cabo de un tiempo el hijo le comentó a su padre: "Mira papa, me encuentro mucho mejor, desde que empecé a clavar clavos, creo que he llegado a sentirme mejor, pues ya no arremetía contra nadie." El padre, paciente le contestó: "Muy bien hijo, pues ahora, lo que has de hacer, si te parece bien, es cada día que te sientas igual de bien quitar los clavos, así cada día que quites un clavo de la puerta te sentirás mejor." El hijo entusiasmado lo realizó, y cada día, semana e incluso el mes, se sintió mejor y mejor.

Llegó el día en el que ya no había clavos, y el hijo se lo comunico a su padre: "Papa ya no tengo más clavos que sacar, y ciertamente me encuentro sin odio, sin rencor... Creo que funcionó." El padre acompañó a su hijo hasta la puerta: "Mira hijo mío, ves como está la puerta, llena de agujeros, está en muy mal estado, cada uno de esos agujeros ya no tiene reparación..." El hijo se quedó pensativo... "Mira, cada vez que alguien realiza un acto de odio, rencor, daño psicológico, hipocresía hacia otra persona, es como si le clavaron un clavo; y cuando uno rectifica y pide perdón, es cuando sacas el clavo, pero lo que no tiene reparación es la herida que dejas abierta, como los agujeros que tiene la puerta." El hijo, en silencio, con respiración lenta le contestó: "Papa, acabo de aprender la lección de mi vida...". El padre le respondió: "Esta es la primera lección de una asignatura que no se aprueba hasta el día de tu propia desaparición, mira a tu alrededor, hijo mío... Los clavos dan que pensar."


Nota: Este cuento lo escuché durante un viaje en coche, me impresionó de tal manera, que casi lo memoricé por completo. Yo simplemente lo he adaptado. JOLI.

1 comentario:

  1. Anónimo1/6/10 19:42

    Una pasada de cuento. Me ha gustado mucho. ¿sabes quién es el autor original?

    Por cierto, buen blog.

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